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Cuento de la barca

La tarde cae ya sobre el puerto, vestida con una luz brillante y transparente que deja ver el cielo, azul y calmo como debe ser un cielo de sábado. Nicolás y los muchachos ya están listos para irse a su casa, luego de haber lidiado un poco para hallarme lugar en el muelle. A juzgar por lo que veo, llegamos tarde: ya están tomando la siesta Cernícalo, 112 y varios más.

Otro día de trabajo. Así llaman ellos, “trabajo”, a los paseos que comenzamos a dar antes de que el sol se rompa en millones sobre el agua y terminan tan pronto la luz se hace tan solo brillante polvo sobre el cielo oscuro. (El cielo es esa red fina de azul claro o azul negro, detrás de la que hay un niño travieso que juega haciendo bizcos: un rato abre su ojo de fuego y en la noche va mostrando poco a poco un ojo de plata. No sé qué por qué, pero sea quien fuere ese niño, siento que es importante que no deje de mirarnos.)

Por lo general no hay dolores ni penas en nuestras travesías. Sólo emociones, sólo vida. Desde hace mucho tiempo, día tras día me despiertan, además de las voces roncas, adormiladas pero siempre cantarinas de los marineros, los crujidos de mis hermanos, sus cabeceos, el paso del viento entre las arboladuras, y el graznar de las gaviotas y los pelícanos que viven con y a veces en nosotros. Me desperezo tan pronto siento a Nicolás caminando por la cubierta y disponiendo lo necesario para irnos, lo que ocurre pronto.

Es entonces que para mí comienza la fiesta: libre y soberano, saludo las caricias que el agua me hace en la carena, mientras juego a atrapar al viento entre mis velas y me dejo llevar por él y por la mano de Nicolás quien, lo quiera o no, sabe que sé lo que piensa con sólo sentir la tensión de sus manos sobre el timón. No en balde llevamos tanto tiempo juntos, desde que él era un niño y su padre, Félix, mi antiguo patrón, le enseñó a tratarme.

Conforme el sol sube, avanzamos dibujando líneas fugaces sobre el mar mientras Pedro y los demás preparan las mercancías que hemos de entregar en los pueblos de la costa, y acondicionan el espacio para poder albergar las que en cada uno habremos de recoger y llevar de regreso a Puerto Luz. Para estos hombres, la medida de la felicidad es la carga que llevo y traigo en mis bodegas.

En medio de este ritual cotidiano, suelo recordar que cuando era joven, renegaba ser un barco de carga y transporte, y no un pesquero o mejor aún, un barco de guerra. Pero el vaivén de los días, el haber aprendido tantas cosas escuchando y hablando con los peces y sobre todo, el contemplar el talante triste y duro de mis hermanos dedicados a la caza o a la muerte, transformaron mi juvenil decepción en un motivo de gozo. Nunca se lo he dicho, pero muchas noches he oído las pesadillas de “Cernícalo”, el más viejo pesquero entre nosotros, y me he estremecido: su cubierta cruje toda por el peso que le dejó el recuerdo perpetuo de la asfixia desesperada de los capturados, su sentina tiene por barniz la sangre de los atunes desollados y aún su casco luce sucio de muerte y salvajismo. El tiempo, la distancia, enseñan: no soy lo que soñé, pero soy contento lo que soy.

Cierto es que hay días más intensos que otros, albas en que mar y cielo se hacen como de plomo, el viento pierde la compostura y todo es vértigo y frenesí, haciéndonos sentir atónitos la fuerza de las olas, el rugido de las ventiscas, los latigazos de la tromba. Ante tal gritería de la naturaleza, no nos queda más que callarnos, ser humildes y tratar de sobrevivir: Nicolás, de por sí de talante reservado, sumido en un silencio de abismo, aprieta con fuerza el timón y se hace uno conmigo, como yo con él, pues en ello, lo sabemos, nos va la vida: sorteamos las olas, altas y húmedas como lenguas negras, cortamos las corrientes que como embriagadas tratan de desviarnos, gritamos instrucciones precisas —él con su voz, yo con los gemidos tensos de cuerdas y maderas— a los muchachos, quienes están igualmente consternados pero no se dan permiso de distraerse con sus miedos, so pena de que se los trague el mar o peor aún, nos devore a todos.

Hasta hoy, no hemos sucumbido, un hecho que a mí en lo personal me hace sentir dichoso y supongo que a todos ellos también. Vivir esos días de tormenta, reconocer en ellos el doble rostro del mar —dador de vida, dador de muerte—, si bien nos enseña mucho, también nos sume en la nostalgia por aquellos que han sido tragados por lo insondable. Y no pienso solamente en quienes se quedaron a dormir por siempre debajo de las olas, sino también en los que, como nosotros, sobrevivientes, aprendemos a mirar en el océano el sentido más duro de la distancia y la futilidad de esperar el retorno de los que ya se fueron.

A Bonifacio, el poeta de Puerto Luz, le escuché decir alguna vez que los ojos son como las ventanas del alma. Tal vez ese viejo loco tenga razón: el mar enseña a mirar las cosas de otra manera, su magnitud educa las pupilas y lo que ves en él te hace proclive al amor y a la magia, si acaso son cosas diferentes. Por ejemplo, la mirada de alivio que Eduviges, la esposa de Nicolás, deja escapar día tras día tan pronto entramos a la bahía. Sentada en el borde del pozo que está próximo al muelle principal, vestida con tanta ropa que pareciera aún vivir en su pueblo, allá arriba, en las montañas frías de donde la niebla baja, cubiertos sus cabellos color de espuma bajo el sombrero que siempre lleva puesto, Eduviges, paciente y ansiosa al mismo tiempo, siempre espera nuestra llegada. Poniendo a sus pies la bolsa llena de las frutas y verduras que no alcanzó a vender en el mercado, aguarda con sus mil arrugas bajo el sol poniente mientras sus ojos vagan en lontananza y miran de tiempo en tiempo el anillo que porta en el anular de su mano derecha, tan vieja como su rostro. Esa joya es la que hace muchos años le dio Nicolás cuando se casaron, y aunque según entiendo debería usarla en la mano izquierda, Eduviges la usa como lo hace porque está convencida de que así protege a su marido. “El mar”, dice, “tiene más piedad con las solteras que con las casadas, pues a las primeras da marineros y a las segundas, se los quita.” Cuando por fin llegamos al muelle, Eduviges sonríe sin falta, mostrando sus pocos y desvencijados dientes y en sus pupilas se revela una compleja satisfacción: la del retorno de Nicolás, la de saber concluida la espera y no exenta de orgullo, la que le da saber que su truco del anillo le ha vuelto a funcionar.

Miradas de amor y de tiempo, de magia y distancia, recorren sin cesar las playas y los puertos que he conocido. Como la de aquella muchacha, la que en Bahía de Cobre dicen que está loca y que jamás he visto pero puedo imaginar. Todos los días, cuentan, se asoma casi desnuda por la ventana del hostal donde se alberga, alternando las horas entre atisbar el horizonte, como esperando la llegada de algo o de alguien, y mirándose de cuerpo entero en un espejo. No habla con nadie, pero muchos hombres la desean, pues fina es su figura, blanca y cálida, sus senos firmes como arrecifes, su vientre terso como el mar cuando está quieto, sus cabellos negros como el coral y largos y ondulantes como los remolinos.

Nadie parece poder sustraerse al embrujo que el mar pone en los ojos. Justo ahora que hablo de estas cosas, se allegan al muelle unos forasteros. Los encabeza un hombre fuerte y robusto, con la cabeza rapada y cubierta por una boina, que camina con paso alegre y bamboleante, fuerte y vital. Se dirige con voz alta y no exenta de autoridad a los hombres y mujeres de diversas edades que lo acompañan y todos llevan al cuello unas curiosas cajas con ojos cristalinos. El hombre les habla de la importancia de saber mirar, hace gestos extraños con las manos como si quisiera cuadricular el aire, dice algo acerca de alinear el ojo con el corazón, de dibujar con luz, de las maneras de mirar. Sus acompañantes lo escuchan con atención, se ríen y luego se quedan serios y concentrados mientras toman esos raros artefactos y esconden sus ojos detrás de ellos, moviéndose en distintas direcciones. De pronto, el hombre que los guía se acerca a donde yo estoy. Sus ojos muestran un hambre indefinible mientras nos observa, como si fuera un pescador o un pintor. No sé qué trama, pero de pronto toma esa caja con ojo de cíclope y entiendo que nos mira a través de ella. Ignoro qué hace pero tras varios segundos de cubrir sus ojos con la caja, observa con expectación el reverso de ésta, y alcanzo a distinguir en él una mirada parecida a la de Eduviges, de paz por haber recuperado algo valioso, de orgullo porque el sortilegio que tal vez lleva en esa caja le habrá servido para algo. “Quedó bien” dice a una chica que parece acompañarlo a todas partes y a la que muestra la caja. Y agrega, reflexivo: “De eso se trata todo esto, de contar historias”. Si así es, pienso, tal vez haya escuchado la mía.

Mauricio Aguilar González