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Las cuatro imágenes

¡Ah! El arte, la unión perfecta entre la expresión y la técnica, un mensaje dicho de muchas maneras, cosas que se dicen sin decirse o que se alguien entiende sin que nunca se hayan dicho.  Un día caminando, o tal vez debería decir navegando, encontré cuatro imágenes, cada una de ellas con su propia personalidad pero con un común denominador. Las cuatro me producían algo de nostalgia, invitándome a imaginar, o a recordar diferentes momentos de mi vida.

La bruma se me hace una especie de retrato de mi pasado y mi futuro, un poco como mí camino. Puedo ver y distinguir un paisaje cercano con sus altibajos, pero cuando quiero recodar mi pasado lejano o quiero ver mi futuro lejano las imágenes se desdibujan, se pierden en mosaicos de colores, perdidos entre sueños y de lo que fue y de lo que podría ser.

Los barcos, esos maravillosos barcos que nos permiten viajar. “Libros, caminos y días dan al hombre sabiduría” reza un viejo proverbio árabe cada barco no sólo es un viaje, también puede ser un libro y sin embargo cada uno de ellos me lleva a un lugar distinto en donde puedo saborear la libertad, la de mi mente con sus propias alas, o mejor dicho mi propia turbina, que me puede llevar tan lejos como yo quiera.

Las otras dos representan retratos uno de mi pasado cuando la juventud y la belleza eran mis mayores defectos, cuando la ignorancia es audacia y cuando el viaje comenzaba; y otra de mi presente y a punto de descansar, sólo puedo decir que viajé, fui y vine, volé y lloré, reí y lloré, y mi conclusión es como Amado Nervo diría y con lo que yo coincido en este momento: “vida nada me debes… Vida estamos en paz”.

Nadia Huerta

Nota: los cuentos presentados son tal cual los recibimos, por respeto al autor no cambiamos nada.

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Afuera adentro

Mujer Luz 12 jun 2013-170

Afuera la orquesta citadina de las dos de la tardes hacia su presentación, cláxones de coches, parloteos, bullicios interminables que se colaban por la ventana. Afuera todo era igual, la vorágine del tiempo seguía su curso habitual. Afuera el mundo no sabía. Afuera, afuera las cosas no cambiaban. Afuera la ignorancia.

Adentro, se estiro recargada en la pared del baño mientras repasaba su plan, él no podía verla y nunca lo sabría. Ahora era el momento nada podía detenerlo ni siquiera ella misma, Respiro otra vez, cerro sus ojos, otro respiro, esta vez más hondo, su corazón palpitaba. Apretó los labios, abrió los ojos y los volvió a cerrar. Bajó sus brazos lentamente y los coloco detrás de su espalda, como apoyándose o como empujándose, luego los dejo caer a su costado. Volvió a abrir los ojos y sonrió. En un movimiento salió del baño. Ella seguía ahí.

 

David Alva Hernández.

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De visita al pueblo

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Alberto Figueroa, marino de profesión, soñador por convicción y “reflexionador” por situación es quien hoy nos ocupa… Vino de visita al pueblo y en este momento lo encontramos en el puerto, observando, reflexionado y recordando viejos sueños.

Esta tarde, Alberto observa con detenimiento, tras una nube azulosa de grandes recuerdos, los barcos amarrados al puerto… “Amarrados… Y ¿por qué amarrar tantos sueños y aventuras a la orilla del mar?” se pregunta Alberto, el Capitán Figueroa, ¡sí!, Alberto fue un gran navegante, su nave: “El Fresco 112”. “¡Gran navío!”, se regocija… “112…” 112 años que hablaban de la vida llena de frescura y sabiduría de su abuelo, el gran y temerario Capitán Girón, de quien Alberto heredó la bravura y gran sagacidad de navegante firme y soñador.

Una tímida sonrisa se deja ver en el rostro moreno de Alberto, por tantas tardes bajo la bravura del Sol en alta mar. “¡Y pensar que yo me embarqué por primera vez en <>, imaginando que la tripulación de tan ágil navío, lidereado por mi abuelo, iba en busca de grandes aventuras, a la caza de un misterioso y reluciente tesoro! Las enseñanzas del abuelo, ¡esas sí que fueron un gran tesoro, uno verdaderamente invaluable!”

En ese instante, una blanca gaviota, regodeante aún por una exquisita presa, rompe la apacible y contemplativa actitud de Alberto, quien percibe cómo una pequeña brisa salada rocía su reboloteante y algo cana cabellera rizada.

Alberto gira en torno, siguiendo el vuelo del ave, cuando, con asombro, observa a doña Lupe, sentada en uno de los bordes del pequeño muro que delimita al puerto del camino principal que conduce al centro del pueblo. “¡Ah, doña Lupe!” piensa Alberto, “¡protagonista de otra gran historia…!”

 

 Por Gabriela Murguía Romero

  22 de febrero de 2016

Nota: los cuentos presentados son tal cual los recibimos, por respeto al autor no cambiamos nada.